¡Viva la reducción de jornada!

Actualmente mis hijos tienen 14, 11 y 9 años, y por primera vez en estos casi 15 años me he acogido a una reduccción de jornada. Muchos se preguntarán el por qué me acojo ahora, después de tanto tiempo. La respuesta pasa por responder antes a otra pregunta, al por qué no me había acogido antes.

En el año 2002, cuando nació mi hijo mayor, yo estaba recién aterrizada en el mundo de la publicidad y de las agencias de medios. Por aquel entonces ya existía la ley de la reducción de jornada, pero en este mundo nuestro de la publicidad era algo más que impensable. De hecho se decía en la empresa que allí no se podía coger la reducción, que no te la daban. Y nosotras tan ingenuas nos lo creíamos… Todas tirábamos de abuelos, tíos-abuelos y/o canguros. Hasta que una compañera bien informada la solicitó formalmente y la empresa no tuvo más remedio, muy a su pesar, que concedérsela, ¡claro! Y después de ella, vinieron unas cuantas más. 

Esto debía ocurrir sobre el año 2005, poco después de tener a mi segundo hijo. Por aquel entonces escuché por primera vez aquello de “lo peor de la reducción de jornada no es que la persona se vaya antes, es que deja de hacer horas extra”. Me pareció brutal oírlo de la boca de un director de equipo, pero más aún se trataba de una mujer y madre. Hay cosas que un jefe jamás debe verbalizar delante de sus empleados. 

Cuando estaba yo empezando a planteármelo (lo de tirar de abuelos y tíos-abuelos con dos empezaba a complicarse), sin haberlo buscado especialmente, me vi inmersa en un proceso de selección para un perfil similar al mío para trabajar en otra agencia. Me seleccionaron y me pareció interesante el cambio, pero evidentemente descarté la reducción de jornada. Con el diferencial del incremento salarial y gracias a que mi marido le iba bastante bien contratamos a una chica todo el día para que se ocupase de la casa y los niños (otro día escribiré sobre el bonito mundo de “las chicas”). 

Al cabo de casi 3 años vino el pequeño, y durante la baja maternal participé en varios procesos de selección. En algunos no me contrataron por estar de baja, seguramente porque necesitaban un gran compromiso y con tres niños no les pareció el perfil adecuado… En uno no acepté yo, porque ya empezaba a dudar si iba a poder seguir el mismo ritmo de trabajo con 3 criaturas. Pero cuando el niño tenía pocos meses volvieron a llamarme, y como más o menos nos apañábamos, esta vez sí acepté. Y otra vez tuve claro que no podía reducirme la jornada recién contratada. Seguimos apañándonos, eso sí, pasando por un periplo de chicas que se iban yendo a sus países de un día para otro. 

Al cabo de un tiempo mi marido se quedó sin trabajo así que, coincidiendo con la marcha de una canguro de hoy para mañana, él empezó a ocuparse de recoger a los niños. A los pocos meses se puso de autónomo a trabajar por su cuenta y podía gestionar su tiempo, y seguía ocupándose de los niños por la tarde. Y así pasaron 4 años. Pero, gracias a Dios, mi marido cada vez tenía más trabajo y la situación era ya insostenible. Para poder recogerles y ocuparse de ellos por la tarde, muchos días tenía que trabajar luego hasta bien entrada la noche.

Y cuando en el mes de junio a mi hijo mediano le diagnosticaron TDAH (también escribiré sobre esto) y teníamos que llevarle a reeducación un día a la semana, dedicarle más tiempo, etc., la decisión fue fácil.

El tema es que no tengo menos trabajo que antes, sino que al revés, llevo ahora algún cliente más. Así que se me hace realmente difícil cumplir mi nuevo horario. Para no sobrecargar a mis compañeras, muchos días intentó llegar antes por la mañana, apuro hasta la hora límite para ir a buscar a los niños, todos los días estoy conectada por la noche contestando y redactando e-mails… Así que más que reducción de jornada, como decía mi amiga Ana, tengo una bonita reducción de sueldo. Eso sí, ¡la alegría que me da recogerles cada día no tiene precio!

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