Preparación al PostParto

Hoy recupero el post que escribí para la comunidad de mamás mom2mom. Espero que os guste y que os sea útil.

Desde el momento que te enteras que estás embarazada te preparas para llevar el mejor embarazo posible y para ese gran y temido momento, el parto.

Y pasa, llega el día y nace el bebé, y te lo colocas encima nada más nacer, y lo miras, lo hueles, le cuentas los deditos de los pies y de las manos, y admiras a la naturaleza por su grandeza y te emocionas, y lloras.

Luego os llevan a la habitación. Tienes un subidón de adrenalina y estás pletórica y feliz, con tu bebé, con tu pareja y rodeada de los tuyos. ¡Eres tan feliz!

Pero en medio de esa alegría, poco a poco, empiezas a darte cuenta que hay algunas cosas que le están ocurriendo a tu cuerpo y de las que apenas sabes nada.

Tienes grandes pérdidas de sangre y las comadronas y enfermeras te ponen unas compresas de algodón más grandes que las que llevaba tu abuela. Preguntas si no hay alternativas a lo que te responden que no, que de tampones y de compresas ultra finas nada de nada, así que has de usar las de algodón de las abuelas. Y preguntas a alguna amiga que ya ha dado a luz, cuánto tiempo dura esto, y te dice que unas cuatro semanas. Y te das cuenta que las reglas que no tuviste durante el embarazo se están vengando de ti y te vienen ahora todas de golpe.

Y te pones al bebé al pecho, y todos y cada uno de los que tienes alrededor te pregunta recurrentemente, ¿ya te ha subido la leche? Y tú no tienes ni idea… imaginas que sí, o que no, porque no has notado nada distinto. Tranquila, sabrás cuando te ha subido. Llegado el momento, se te ponen los pechos como dos balones de fútbol reglamentarios, a punto de reventar, y te encuentras febril y destemplada. Ah, nadie te lo dijo, es corriente que la subida de la leche provoque unas décimas de fiebre y algo de malestar.

Y el bebé empieza a mamar feliz. ¡Qué bien! Y de repente lo notas, tienes unos retortijones terribles. No es nada, sólo son los entuertos, las contracciones post-parto. Pues eso, nada grave, solamente es que tu útero quiere recolocarse y redimensionarse.

Y antes de irte a casa, pasa la enfermera jefa y te pregunta si ya has hecho de vientre. Le dices que no. ¡Claro! ¿Cómo vas a hacer fuerza con los puntos y tal y como tienes “los bajos”? Te dice que no puedes irte a casa así, y te pone un microenema y te das cuenta que algo raro te pasa. Pero tranquila, tampoco es nada grave, solamente es que tienes hemorroides, algo que hasta entonces creías que sólo les pasaba a los abuelos. Y cuando lo comentas, tu suegra, tu madre y tu prima mayor te dicen que claro, que salen debido a la presión sufrida durante el parto…, que es de lo más común. Y tú, que no sabías nada, de repente entiende el eslogan acerca de lo de sufrirlas en silencio. Y piensas, Dios mío, ¿habrá algo más?

Y os vais a casa. Y, el bebé, que en el hospital ha dormido todo el tiempo, empieza a dormir muchos ratitos durante el día y apenas nada durante la noche. Y le pones al pecho una y otra vez para que calle, y sí calla, hasta que vuelve a llorar. Son cólicos nocturnos. Sólo duran unos tres meses. O incluso algo más…

Y te empieza a doler el pecho. Y como tu madre y tu suegra no dieron el pecho no tienen idea de qué te pasa, o de si lo haces bien o mal, así que no te pueden ayudar. Alguien que te visita te habla de grietas y de mastitis. Parece que también es de lo más habitual, que es fruto de la inexperiencia y de la incorreción postural del bebé a la hora de mamar. ¡Que no sabes colocártelo, vaya!

Y eso, te enteras gracias a una de esas visitas que vienen a casa y que te dicen que no les gusta ir al hospital por no molestar esos primeros dos días, que prefieren esperar a que ya estés en casa. ¿Perdón? En el hospital no tenías que hacer nada, sólo atenderles y además estabas con un subidón que todo te parecía ideal. Y ahora estás que te arrastras, que no duermes, que te pasas el día en pijama. Y tienes que arreglarte, recoger la casa y prepararles la merienda para que vengan a conocer al bebé. Y no se van. Y tienes que dar de mamar al bebé mientras ahí siguen. Menos mal que cuando acabas te preguntan. “¿Quieres que le haga yo el eructito?” Y sonríes, al menos esta vez le regurgitará encima a otro, y tu ropa limpia recién puesta no olerá a leche agria, tu nuevo perfume desde hace unos días.

Y te empiezan a tirar los puntos de la episiotomía. ¿Ahora? Te preguntas. ¡Si hace 10 días que parí! Y alguien te lo cuenta. Claro, los puntos duelen cuando cicatrizan y están a punto de caer. Menos mal que se caen todos rápido de una vez. En un par de días tema resuelto.

Y tus problemas “de bajos” no acaban con las hemorroides y los puntos. Estornudas o toses y te das cuenta de lo que son las llamadas pequeñas pérdidas de orina. Y te vienen a la cabeza los ejercicios perineales de los que te hablaron en la preparación al parto, y que te dijeron que eran tan importantes. Hazlos. Es muy importante, también para no convertirte en una esponja y absorber un litro de agua la próxima vez que vayas a una piscina.

Y finalmente acaba la cuarentena. Vas al ginecólogo y te dice que todo está bien, que ya puedes volver a empezar, y sonríe a tu pareja mientras dice, que como mínimo podéis empezar a intentarlo. Y ves a tu pareja que se frota las manos y te guiña un ojo mientras tú piensas, como decía mi padre, “pa judías tengo el cuerpo”.

Así que yo me pregunto, por qué no existen los cursos de preparación al postparto en los que te expliquen qué va a pasarle a tu cuerpo. Y quiénes y cómo pueden ayudarte en cada caso. Yo os aconsejo leer algún libro sobre el postparto. También hacer los ejercicios perineales. Si vais a dar el pecho, preguntad a la comadrona qué hacer y con quién contactar en caso de tener problemas con la lactancia. Decid que no a las visitas en casa. Solamente los íntimos, tipo tus padres, tus suegros, tus hermanos o cuñados, y siempre y cuando vengan con unos tuppers de comida y dispuestas a poner lavadoras, recoger y ayudar. Y a tu pareja, pídele paciencia, el deseo volverá, concebiréis de nuevo (ahora en silencio, con un bebé durmiendo muy cerca), y volveréis a empezar. ¡Pero esta vez, muy preparados para el postparto!

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Galletas caseras

Hace unos días celebramos la Primera Comunión de nuestro hijo pequeño Jorge. Tengo pendiente escribir un post acerca de cómo organizar una Primera Comunión sin que “se nos vaya la pinza” con la celebración, como publicaba hace poco el juez Emilio Calatayud.

Que a qué viene esto, os preguntaréis viendo que se va el tema del título del post. Pues bueno, como detalle dimos unas galletas de mantequilla decoradas con fondant, a modo de recordatorios, que nos hizo mi amiga Neus. Ya nos hizo las de Fran y las de Alejandro, pero cada vez nos hemos superado.

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El tema es que nos habíamos guardado unas cuantas para aquellos compromisos que pudiesen surgir, pero en menos de una semana nos las hemos comido todas y no hemos dejado apenas ninguna. La verdad, ¡imposible resistirse! ¡Nos encantan!

Así que viendo el éxito he decidido recuperar las notas de un taller de decoración de galletas que hice hace mucho tiempo, y en menos de media hora las tenía listas. Adjunto prueba gráfica, y abajo la receta.  ¡Espero que os gusten tanto como a nosotros!

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Ingredientes:

500 g de harina / 250 g de mantequilla a temperatura ambiente / 125 g de azúcar glas  (comprado) / 75 ml de leche / una pizca de esencia de vainilla

Preparación:

Amasar los ingredientes. Cuando tengas una masa uniforme, haz una bola y extiendela con un rodillo (para que no se pegue al banco, pon harina o azúcar glas). Con cortadores de galletas corta toda la masa que puedas en las formas deseadas, y ves colocándolas en una bandeja de horno fría, forrada con papel vegetal. Puedes volver a hacer una bola con la masa sobrante y repetir, en total, un máximo de tres veces. Luego déjalas enfriar en la nevera durante un par de horas.

Precalentar el horno a 160 grados, y transcurrido el tiempo, hornearlas durante 10-15 minutos.

Luego, sacarlas del horno y dejarlas reposar y enfriar.

Para decorar, usar fondant comprado. Yo lo compro blanco, y con colorante alimentario en gel le doy el color que quiero cada vez. Hay que trabajarlo con las manos y luego amasarlo con un rodillo y usar el mismo cortador que para las galletas. Una vez estén frías las galletas, hay que pegarles el fondant con cola alimentaria. Se puede hacer algún grabado o pegar alguna florecita dulce para acabar de decorar.